Meade y la crítica parcial y tersa a la corrupción priísta

Llama la atención que la crítica intelectual se centre básicamente en la personalidad del precandidato que va arriba en las encuestas. López Obrador, así, ha dejado de ser sectario para convertirse en oportunista; además para sus detractores sigue siendo  populista, mesiánico, autoritario, entre otros adjetivos. ¡Ah!, ahora también es monárquico. Lo mejor para él sería no contestar, aun cuando en el ámbito de lo personal, se empiece a denostar a la familia.

Las dudas que se tiene sobre López Obrador pudieran o no ser razonables; pero tal vez valdría la pena preguntarse si ese es el papel que deben jugar los intelectuales. Es decir, qué tan correcto es establecer un punto de vista alrededor de un personaje dentro de una coyuntura electoral y dejar en segundo término, el análisis de una realidad socialmente lacerante, para a partir de ahí asumir una posición y ofrecer alternativas de solución.

Sin duda, el tema de las elecciones es de interés general y cubre innumerables espacios en los medios tradicionales y en las redes sociales. Quienes escriben y opinan buscan llamar la atención, se desconoce a qué tipo de intereses responden, si veladamente se apoya a otras opciones políticas; o bien, si lo que se dice sirve para ocultar los rasgos de un país desigual y empobrecido, que es lo que efectivamente debe ser motivo de análisis y crítica.

Desde la academia, se utilizan términos para encasillar a personajes, sin posibilidad de que en justa reciprocidad se les pueda responder, porque se cree que las opiniones de los “grandes intelectuales”, de los “grandes politólogos”, son sagradas y por tanto irrefutables. Ese parece ser el dogma de nuestros tiempos: oír y callar, aguantar a píe firme, porque refutar a los líderes de opinión, significa exponerse a un nuevo calificativo más: el de ser intolerante.

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